lunes 2 de febrero de 2009

Una Noche Más

Recuerdo tu imagen alejándose
La tierra se hundía bajo mis pies
Fui cayéndome al vacío
Sin poderme agarrar a la vida

¿Cómo pude imaginarme
Que tenía algo que darte?
Yo en mi madurez
Y tú en tu plena juventud:
... Los años no perdonan

Sólo te ruego que me des
Una noche de amor
Sólo pido una noche más
Que me vuelvas a engañar

Te maldigo para que no puedas llorar
Que tu corazón se vuelva una piedra
íQue tu alma pierda su alegría
A la vez que mi cuerpo envejece

Sólo te ruego que me des
Una noche de amor
Sólo pido una noche más
Que me vuelvas a engañar

Yo seguiré reviviendo
Los momentos que tuvimos
La memoria es lo único que me queda
Ni tú, te la puedes llevar.

(Yasmin Levy)

jueves 4 de diciembre de 2008

UN VIOLINISTA EN TU TEJADO

Era tan dura
Como la piedra de mi mechero
Me asaltan dudas
De si te quiero
Eres tan fría como el agua
que baja libre de la montaña.

Y no lo entiendo
Fue tan efímero
el caminar de tu dedo en mi espalda dibujando un corazón
Y pido al cielo que sepa comprender
Estos ataques de celos
Que me entran si yo no te vuelvo a ver.

Le pido a la luna
Que alumbre tu vida
Que la mía ya hace tiempo que ya está encendida.
Que lo que me cuesta
Querer sólo al rato
Mejor no te quiero será más barato
Cansado de ser el triste violinista que está en tu tejado.
Tocando pa’l inglés siempre desafinado.

Eres tan tenue
Como la luz que alumbra en mi vida
La más madura fruta prohibida
Tan diferente
Y pareciera
A la tormenta que se llevó mi vida

Y no lo entiendo
Fue tan efímero
el caminar de tu dedo en mi espalda dibujando un corazón
Y pido al cielo que sepa comprender
Estos ataques de celos
Que me entran si yo no te vuelvo a ver.

Le pido a la luna
Que alumbre tu vida
Que la mía ya hace tiempo que ya está encendida.
Que lo que me cuesta
Querer sólo al rato
Mejor no te quiero será más barato
Cansado de ser el triste violinista que está en tu tejado.
Tocando pa’l inglés siempre desafinado.

Mientras rebusco en tu basura
Van creciendo los enanos
De este un circo que un día montamos
Pero que no quepa duda
Muy pronto estaré liberado
Porque el tiempo todo lo cura
Porque un clavo saca otro clavo
Siempre desafinado
Mientras rebusco en tu basura
van creciendo los enanos
de este circo que un día montamos.

Melendi

miércoles 4 de junio de 2008

Trienio

Feliz trienio, Cari.


Dentro de cien días se cumplirán también los tres años de que enloquecieses de repente y te lanzases a hacer disparatadas predicciones, que el tiempo, ese juez implacable, se ha encargado de desacreditar con contundencia. A día de hoy, por suerte, ya nadie se cree aquellos infundios de mala pitonisa y patente queda que la dignidad de los vencidos cala más en el ánimo del pueblo que la indignidad de los traidores.


Yo, que no te recuerdo como particularmente imbécil, no podía más que asistir atónito a aquella carrera de despropósitos que no sabía bien a dónde podría acabar llevándonos, pero que cada vez se alejaba más de la razón y la cordura.


Puede que para tí todo esto carezca ya de sentido y se te haya perdido, como tantas otras cosas, en algún rincón de tu flaca memoria. Pero considera que si quien suscribe fuese o se sintiese mínimamente culpable de algo que no fuera meramente quererte (y de la única manera que sabe y puede) poco objeto tendría que tanto tiempo después siguiese aquí dándote la brasa.


No obstante, como no hay bien que por mal no venga, al menos tú has tenido la dicha de que a costa de mi sufrir pudieses llegar a conocer a ese ser, dechado de madurez, ponderación, sensatez, cordura, locuacidad e inteligencia (y con un saber estar y un aplomo dignos de encomio) que ahora disfrutas por pareja y que casualmente goza del status que yo pretendía y no me ofreciste para compartir tú vida. Yo tuve que casarme para poder vivir contigo, y ni así. Pero bueno, ya lo dicen los sabios refranes "vale más llegar a tiempo que rondar 13 años".


De todas formas (y no seré yo quien hable mal de tu novio, que para eso ya se sobran sus compañeros), harías bien en no fiarte demasiado. Ya lo irás viendo, él es como un huevo Kinder, guarda, no una sino varias, sorpresas en su interior que ya verás como irán saliendo. Vaya si irán saliendo!!!. Y cuando todo estalle (que estallará) va a quedarte poca gente tan abnegada como tu ex (que nunca te engañó) para echarte un cable que te aleje de tanta mierda.


Yo tendría fácil, bastaría únicamente un leve movimiento de mi índice, el acabar con esa burbuja de felicidad ficticia en la que vives. Pero prefiero ver cómo estalla desde dentro y que no pienses que me mueve el despecho. Ten esto presente cada noche mientras te tomas tus píldoras y pócimas de dormir y evitar los sueños.


Y, sé que no te importa pero, yo aquí sigo, respetuosamente al margen, aunque nunca demasiado lejos de ti, en esta soledad sobrevenida y no buscada en la que habito desde que dentro de cien días hará tres años enloqueciste de repente y te negaste a atender a las evidencias para precipitarte directamente en brazos de tus pánicos.


Personalmente me interesan hoy muy pocas cosas, y bastante distintas a las que guían los afanes del común de los mortales, pero con aquellas en las que creo soy inflexible. A estas alturas del partido convendrás conmigo que tú y yo aprendimos al menos un par de cosas juntos: la primera que no me rindo nunca, no sabría, y la segunda que el mar puede siempre más que el rompeolas.


Lo dicho. Feliz trienio, Cari. Un beso.

PD: Quién nos iba a decir a nosotros que en nuestras noches mientras yo escribía un libro de 300 páginas tú te estarías acostando con otro, ¿eh?

.

miércoles 28 de mayo de 2008

La Noria

Naces donde naces,
vives donde puedes,
pagas los boletos,
ocupas tu lugar.
Luego todo gira,
poco depende de ti.

Abres una puerta
por 10 que se cierran
y aunque no te escuchen
has de protestar.
Que acostumbrarse es un poco
dejar de estar vivo.

Y en la noria de la vida
una vez abajo y otra arriba
y apenas te levantas tropiezas
y apenas tropiezas te levantas
en la noria de la vida
una vez abajo y otra arriba
y apenas te levantas tropiezas
y apenas tropiezas te levantas
y mejor que sea asi que acostumbrarse
es empezar a morir...

No pagues por amor,
no cobres por cariño,
no busques encontrar
lo que nunca has perdido
las cosas más valiosas de la vida
no se pueden comprar

Recuerda tus tropiezos
tropieza en tu recuerdo
busca en el camino
algo que guardar
los malos tragos tambien forman parte
de este circo

Y en la noria de la vida
una vez abajo y otra arriba
y apenas te levantas tropiezas
y apenas tropiezas te levantas
en la noria de la vida
una vez abajo y otra arriba
y apenas te levantas tropiezas
y apenas tropiezas te levantas


y mejor que sea asi que acostumbrarse
es empezar a morir...

lunes 12 de mayo de 2008

Archivan una denuncia de violación contra un guardia civil de Candás

Según publica La Voz de Asturias, el hombre afirma que es una "venganza" de su exmujer.


El juzgado de Instrucción Número 4 de Gijón ha archivado una denuncia contra un ex Guardia Civil de Candás acusado de violación, malos tratos y amenazas por su ex mujer M. M, de origen rumano, que lo denunció el 24 de febrero de 2008. El hombre pasó dos noches en el calabozo a consecuencia de la denuncia.

El denunciado, José Manuel Reguera, explicó que en ningún momento "le levantó la mano a su ex mujer" y que ella "fingió" los malos tratos "por venganza".

La pareja se casó el 1 de abril de 2006 y se separaron, según el ex Guardia Civil, por iniciativa de la mujer en agosto del mismo año, y se fue con su hijo fruto de una relación anterior pero al que Reguera había reconocido la paternidad. A día de hoy la mujer está en paradero desconocido y el ex agente de la Guardia Civil pide la custodia del pequeño que se encuentra bajo la tutela de Servicios Sociales del Principado.

El denunciado vive actualmente con su nueva novia y ambos están predispuestos a hacerse cargo del niño para que "crezca en el calor de una familia y de un hogar".

Reguera sostiene que el día de los hechos, el 24 de febrero de 2007, ella llegó a su casa "después de llamarle seis veces" y "estuvo buscándole todo el rato". "Llegué a mi domicilio cansado de trabajar, ella se metió en mi cama y nos acostamos. Luego llamó a la Guardia Civil y se tiró en la alfombra fingiendo una violación y malos tratos", apuntó el ex agente.

"Es toda una venganza y una confabulación contra mí, pero yo no me escondo y voy a dar siempre la cara y luchar contra las injusticias", añadió Reguera.

Por ello, manifestó que va a crear la "Asociación de Perjudicados contra la Nueva Ley de Violencia de Género" para asistir a aquellos hombres que sufren denuncias falsas por parte de sus parejas.

martes 6 de mayo de 2008

Febrero


No soporto ni siquiera un trago más
del licor del abandono y de la vida,
estoy cansado de vagar sin encontrar
tu sucio corazón.

Sin embargo, debería sentirme agradecido
por haber pasado frío
a tu lado las noches de calor.

Abril, contigo una tormenta febrero
sin ti, como un cristal empañado,
un presente que se empeña en ser pasado.

Amor, que duele igual cuando se tiene,
que duele igual cuando se pierde,
Amor que nunca espera,
Amor que siempre duele.

Los días han llovido
mojando el corazón de mi patio
con tus bragas todavía en el tendal.

Abril, sin ti como una trampa febrero
contigo como un mar congelado,
un presente que se obstina en ser pasado

Amor que duele igual cuando se tiene,
que duele igual cuando se pierde,
Amor que nunca espera,
Amor que siempre duele.

Amor que duele igual cuando se juega,
que duele igual cuando se apuesta,
Amor que nunca espera,
Amor que no respeta.

jueves 1 de mayo de 2008

Sol de Enero

Tengo la impresion de estar jugando con fuego,
tengo la impresion de que me voy a quemar,
sé que cuando se incendie el tablero
no voy a saber dejarlo a tiempo.

hoy no será distinto de ayer,
sin tus besos: Sol de Enero.
hoy no será distinto de ayer,
sin tus besos: Sol de Enero.

fue complicado quererte demasiado
pero jodido vivir sin tu amor,
soy como tu muñeco de trapo
sacame a jugar un rato quiero.

hoy no será distinto de ayer,
sin tus besos: Sol de Enero.
hoy no será distinto de ayer,
sin tus besos: Sol de Enero.

viernes 11 de abril de 2008

Hay amores

Ay mi bien,
¿qué no haría yo por ti?
¿Por tenerte un segundo,
Alejados del mundo
Y cerquita de mí?

Ay mi bien,
Como el río Magdalena,
Que se funde en la arena del mar,
Quiero fundirme yo en ti.

Hay amores que se vuelven resistentes a los daños,
Como el vino que mejora con los años,
Asi crece lo que siento yo por ti.

Hay amores que se esperan al invierno y florecen
Y en las noches del otoño reverdecen
Tal como el amor que siento yo por ti.

Ay mi bien,
No te olvides del mar
Que en las noches me ha visto llorar
Tantos recuerdos de ti
Ay mi bien,
No te olvides del día
Que separó a tu vida,
De la pobre vida que me tocó vivir

Hay amores que se vuelven resistentes a los daños
Como el vino que mejora con los años
Así crece lo que siento yo por ti

Hay amores que parece que se acaban y florecen
Y en las noches del otoño reverdecen
Tal como el amor que siento yo por ti
Yo por ti...por ti...como el amor que siento yo por ti.

jueves 27 de marzo de 2008

In Memorian

La cosa no empezó del todo bien. Supongo que fue sólo puro desconocimiento lo que al principio nos hizo desocuparnos al uno del otro, nos conformábamos con contemplarnos mutua y fríamente en la distancia calculando cuál sería nuestro particular territorio con la asepsia propia de quien duda que el prójimo pase a ocupar un cuadrante mínimo de su propia vida; pero, dicen que el roce hace el cariño y, a fe mía que debe de ser así, puesto que, mitad el frío del invierno mitad las apuradas siestas de sobremesa en aquel, que en paz descanse, ruidoso sofá de mi suegra, fueron metiéndonos al uno por el otro a la par que abandonábamos formalidades y recelos vanos.


El asunto iba rodando y poco a poco, con ese goteo que acaba calando incluso los más áridos terrenos, te me fuiste haciendo imprescindible hasta el punto de no tener muy claro yo dónde empezaba y acababa cada uno de nosotros. Recuerdo que por entonces me sacabas de paseo por las cercanías del faro y fuiste adquiriendo mis propios hábitos gastronómicos hasta convertirte, sin yo pretenderlo, en un calco de mis gustos.


Se me hace presente ahora verte llegar ufana, con el talante orgulloso de haber puesto orden en el contorno simplemente con cuatro ladridos y un enseñar de dientes. Hoy hasta los gatos que siempre mantuviste a raya, y ahora campan impunes por lo que un día fueron tus dominios, te echan de menos.



Nunca te dije, no tuve tiempo, lo orgulloso que estoy de tu comportamiento cuando me reiteraste tu lealtad sin fisuras en aquellos momentos en que, sin fundamento y de manera infame, todos me volvieron traidoramente la espalda. Fuiste la única muestra de cordura y sensatez que me fue dado contemplar entonces. Tu valeroso y repetido gesto entrando a hurtadillas y recelosa de jugarte un castigo porque te descubriesen conmigo debería servir de paradigma a más de un cobarde bípedo implume. Hoy, que por fin ya todos tienen claro la paranoia de lo ocurrido, tú y yo sabemos y nos reafirmamos en que nunca hubiésemos dado a nadie el injusto trato que padecimos. Simplemente tú y yo éramos buena gente, y no como otros que a día de hoy, quién nos lo iba a decir, nos han salido hasta racistas.

Al contrario que los humanos que sólo tenemos infierno, estoy convencido de que ahora, un año después de tu partida y dos después de que ingresasen mi cadáver en el Hospital Central (sí, yo volví, no sé cuál de los dos tuvo más suerte), estoy convencido, digo, de que existe un paraíso para los perros y allí, entre las verdes e infinitas praderas, mientras con tus nuevos colegas correteas explorando raros tipos de hierbas y persigues a las esquivas mariposas que vuelan de flor en flor, nosotros aquí, en este preámbulo de la nada que es la vida, procuramos no rascarnos esa tierna herida tan fieramente humana que nos has causado en la memoria.

martes 11 de marzo de 2008

Mentiras


Enamoréime de nueite Me enamoré de noche
ya la l.luna m'engañóu. y la luna me engañó.
Outra vez que m'enamore Otra vez que me enamore
ha de ser de día ya con sol. ha de ser de día y con sol.

Dices que me quieres muito Dices que me quieres mucho
ya que tu mueires por mi. y que tú mueres por mí.
Mueiri, ya si you lo veo, Muere, y si yo lo veo,
entoncias diréi que sí. entonces diré que sí.

Emamoréime criendo Me enamoré creyendo
que l'amor yera l.lixeiru: que el amor era ligero:
nun vi cousa más pesada no vi cosa más pesada
nin que más quitara'l suenu. ni que más quitara el sueño.

Dalgún día dixi you Algún día dije yo
qu'enxamás t'esqueiciría. que jamás te olvidaría.
Esi tiempu yá pasóu; Ese tiempo ya pasó;
yá yía outru, vida mía. ya es otro, vida mía.


Tradicional (Degaña)

jueves 14 de febrero de 2008

San Valentín

Hola:


He decidido que, pese a la insistencia consumista tan en boga, este año no voy a colaborar al calentamiento global ni a los atentados al medio ambiente (aunque sea el de los invernaderos) y por tanto en lugar de enviarte la rosa habitual he decidido que te llegue una imagen virtual de la flor en cuestión, que a la postre te servirá para los mismos efectos que venía cumpliendo la real, o sea, para que la envíes a la papelera de la misma manera en que inútilmente intentas mandar allí mis sentimientos, sin percatarte de que, con ello, lo único que acabarás arrojando a la basura serán los menguados restos de tu propia dignidad. Pero allá tú.



Además, con lo que así me ahorro, puedo mediar el deposito del coche, ver varias buenas películas en el "Prendes" o tomarme (por no citar vermús en "El Noroeste") media docena de cervezas en "La Gueta", en semanas sucesivas, y por supuesto a tu salud.


Nota: El autor de este mensaje contempló durante cierto tiempo la posibilidad, dado lo significativo de la fecha, de incluir en el mensaje alguna horterada del tipo "My love", "Mon amour", "Mon coeur" o incluso "Mon petite choux" pero tras mucho meditar ha llegado a la conclusión de que tal día como hoy, no lucirían como lo hacen de ordinario y, por tanto, se ha decidido por el más castizo y tradicional "Cari" de toda la vida.


A tus pies, Cari, como siempre y desde siempre.


Un beso.


domingo 27 de enero de 2008

Las cosas como son.

Hey!, vos, Sprite tiene algo para decirte:

Tu amigo te tiene ganas.

Mirá:

Atrás de ese mal disfraz de amigo se esconde un caldero de hormonas que está al acecho esperando que tengas un momento de debilidad. Masajes, mimos, roces... cualquier excusa es buena para tocarte.

video

¿De dónde sacaste esa idea ingenua de que él es tu amigo? Él ya tiene un montón de amigos y tienen pelos en las piernas.

Pensás que te entiende. No. Sólo te imagina sin ropa. Aún así darías todo por él, y él, te daría... porque te tiene ganas.

Las cosas como son.

domingo 6 de enero de 2008

Jabón

Entonces se volteaba en la cama, encendía la luz sin la menor clemencia consigo misma, feliz con su primera victoria del día. En el fondo era un juego de ambos, mítico y perverso, pero por lo mismo reconfortante: uno de los tantos placeres peligrosos del amor domesticado. Pero fue por uno de esos juegos triviales que los primeros treinta años de vida en común estuvieron a punto de acabarse porque un día cualquiera no hubo jabón en el baño.

Empezó con la simplicidad de rutina. El doctor Juvenal Urbino había regresado al dormitorio, en los tiempos en que todavía se bañaba sin ayuda, y empezó a vestirse sin encender la luz. Ella estaba como siempre a esa hora en su tibio estado fetal, los ojos cerrados, la respiración tenue, y ese brazo de danza sagrada sobre la cabeza. Pero estaba a medio sueño, como siempre, y él lo sabía. Al cabo de un largo rumor de almidones de linos en la oscuridad, el doctor Urbino habló consigo mismo:

- Hace como una semana que me estoy bañando sin jabón dijo.

Entonces ella acabó de despertar, recordó, y se revolvió de rabia contra el mundo, porque en efecto había olvidado reponer el jabón en el baño. Había notado la falta tres días antes, cuando ya estaba debajo de la regadera y pensó reponerlo después, pero después lo olvidó hasta el día siguiente. Al tercer día le había ocurrido lo mismo. En realidad no había transcurrido una semana, como él decía para agravarle la culpa, pero sí tres días imperdonables, y la furia de sentirse sorprendida en falta acabó de sacarla de quicio. Como siempre, se defendió atacando:

- Pues yo me he bañado todos estos días -gritó fuera de sí- y siempre ha habido jabón.

Aunque él conocía de sobra sus métodos de guerra, esa vez no pudo soportarlos. Se fue a vivir con cualquier pretexto profesional en los cuartos de internos del Hospital de la Misericordia, y sólo aparecía en la casa para cambiarse de ropa al atardecer antes de las consultas a domicilio. Ella se iba para la cocina cuando lo oía llegar, fingiendo hacer cualquier cosa, y allí permanecía hasta sentir en la calle los pasos de los caballos del coche. Cada vez que trataron de resolver la discordia en los tres meses siguientes, lo único que lograron fue atizarla. Él no estaba dispuesto a volver mientras ella no admitiera que no había jabón en el baño, y ella no estaba dispuesta a recibirlo mientras él no reconociera haber mentido a conciencia para atormentarla.

El incidente, por supuesto, les dio oportunidad de evocar otros, muchos otros pleitos minúsculos de otros tantos amaneceres turbios. Unos resentimientos revolvieron los otros, reabrieron cicatrices antiguas, las volvieron heridas nuevas, y ambos se asustaron con la comprobación desoladora de que en tantos años de lidia conyugal no habían hecho mucho más que pastorear rencores. Él llegó a proponer que se sometieran juntos a una confesión abierta, con el señor arzobispo si era preciso, para que fuera Dios quien decidiera como árbitro final si había o no había jabón en la jabonera del baño. Entonces ella, que tan buenos estribos tenía, los perdió con un grito histórico:

- ¡A la mierda el Señor Arzobispo!

El improperio estremeció los cimientos de la ciudad, dio origen a consejas que no fue fácil desmentir, y quedó incorporado al habla popular con aires de zarzuela: “¡A la mierda el señor arzobispo!”. Consciente de que había rebasado la línea, ella se anticipó a la reacción que esperaba del esposo, y lo amenazó con mudarse sola a la antigua casa de su padre, que todavía era suya, aunque estaba alquilada para oficinas públicas. No era una bravata: quería irse de veras, sin importarle el escándalo social, y el marido se dio cuenta a tiempo. Él no tuvo valor para desafiar sus prejuicios: cedió. No en el sentido de admitir que había jabón en el baño, pues habría sido un agravio a la verdad, sino en el de seguir viviendo en la misma casa, pero en cuartos separados, y sin dirigirse la palabra. Así comían, sorteando la situación con tanta destreza que se mandaban recados con los hijos de un lado al otro de la mesa, sin que éstos se dieran cuenta de que no se hablaban.

Como en el estudio no había baño, la fórmula resolvió el conflicto de los ruidos matinales, porque él entraba a bañarse después de haber preparado la clase, y tomaba precauciones reales para no despertar a la esposa. Muchas veces coincidían y se turnaban para cepillarse los dientes antes de dormir. Al cabo de cuatro meses, él se acostó a leer en la cama matrimonial mientras ella salía del baño, como ocurría a menudo, y se quedó dormido. Ella se acostó a su lado con bastante descuido para que despertara y se fuera. Él despertó a medias, en efecto, pero en vez de levantarse apagó la veladora y se acomodó en su almohada.

Ella lo sacudió por el hombro para recordarle que debía irse al estudio, pero él se sentía tan bien otra vez en la cama de plumas de los bisabuelos, que prefirió capitular:

- Déjame aquí dijo. Sí había jabón.

Cuando recordaban este episodio, ya en el recodo de la vejez, ni él ni ella podían creer la verdad asombrosa de que aquel altercado fue el más grave de medio siglo de vida en común, y el único que les inspiró a ambos el deseo de claudicar, y empezar la vida de otro modo. Aun cuando ya eran viejos y apacibles se cuidaban de evocarlo, porque las heridas apenas cicatrizadas volvían a sangrar como si fueran de ayer.


De "El amor en tiempos del cólera" - Gabriel García Márquez

miércoles 26 de diciembre de 2007

Maltratadora arrepentida


Una joven asegura que denunció en falso tres veces a su marido, ahora en prisión y pendiente de un cuarto juicio



H. O. T., un joven langreano de 30 años, cumple quince meses de prisión en el centro penitenciario de Villabona por haber maltratado a su pareja, la paraguaya M. R. M., de 25 años. En febrero le espera un nuevo juicio, el cuarto, por haber remitido una carta a la mujer pese a una orden del juez, vía sentencia, que le impedía mantener contacto con ella. Los funcionarios de Villabona interceptaron la misiva y pusieron los hechos en conocimiento del fiscal, que ahora pide un año de cárcel para el recluso.

Sin embargo, la mujer que le denunció hasta en tres ocasiones por malos tratos -y con la que tiene dos niños de 5 y 2 años- asegura ahora que le denunció por despecho y que el hombre nunca le causó daño. «Si le denuncié es porque yo tenía problemas psiquiátricos en esa época y quería evitar que me abandonase por otra mujer. Ahora me arrepiento mucho de haberlo hecho y no puedo soportar que este hombre esté pasando por ese calvario, especialmente en estas fechas. Fue la única persona que me ayudó cuando más lo necesitaba y yo le he pagado de muy mala manera», aseguró ayer la mujer.

Dos de las denuncias de maltrato quedaron en nada, después de que la mujer se negase a ratificarlas. Por lo que respecta a la tercera, la mujer tampoco acudió al juicio, pero el hombre se vio obligado a reconocer que la había maltratado, según aseguró la mujer, para evitar que ella fuese acusada de un delito de denuncia falsa, que lleva aparejadas penas que van de seis meses a tres años de prisión.

Hace poco tiempo, H. O. T. había alcanzado ya el tercer grado, por lo que podía salir de la cárcel, pero la inminencia del cuarto juicio por quebrantamiento de condena impidió que abandonase la prisión. Según la mujer, el hecho de que se le hayan suspendido las visitas y que no pueda ver a sus hijos durante estas Navidades le ha movido a iniciar una huelga de hambre, que dura ya una semana. «Lleva cuatro meses sin ver a nuestros dos hijos y no puede soportarlo», añadió la mujer.

La mujer asegura, además, que fue ella la que reanudó el contacto con el hombre cuando éste se encontraba en prisión, ya que era el único sustento de ella y sus dos hijos, y la familia de su marido le había dado la espalda a raíz de su condena. En la carta que le remitía desde la prisión no había amenaza alguna, según la mujer, y fue escrita en el desconocimiento de que podía estar cometiendo un nuevo delito.

M. R. M. dice tener sólo un objetivo, hacer que su marido salga de la cárcel. Según ella, él comprende que las denuncias presentadas por la mujer fueron motivadas por su precario estado mental. «El chaval me aguantó de todo, que le quitase dinero y que le armase follón continuamente. Ahora le he hecho perder el trabajo y está en la cárcel por mi culpa», indicó.

«No soy capaz de reparar todo el daño que le he causado a este hombre durante todo este tiempo. No quiero perder a la única persona que me estaba ayudando. Soy una inmigrante que no tiene a nadie en este país», aseguró la mujer.

Oscuro rencor

A continuación os ofrecemos un extracto del primer capítulo de la recientemente publicada novela "Amor en vena" original de uno de los autores de este blog. Esperamos que os agrade. Preguntad en librerias.


Gracias.



dice así:

El día que yo me casé pesaba noventa y siete kilos. Exactamente diez meses más tarde salía del hospital divorciado y reducido a 80 kilos de masa corporal.

El extraño y vertiginoso trayecto que me llevó desde el evidente sobrepeso de la celebración de mi matrimonio a la semiescualidez anémica de mi alta hospitalaria es de lo que vamos a tratar en estas líneas.

Todo empezó, lógicamente, mucho antes. Por situar un principio hablaremos de unos quince años atrás, concretamente a mediados de verano, momento en que comencé a trabajar en la Dirección Provincial de un Instituto de Servicios Sociales en una capital sin mar de provincia costera. Llegué allí como quien aterriza en Marte, desconociéndolo todo y a todos. Pasado el desconcierto inicial, fui aprestándome a pasar allí los tres años siguientes de la manera más plausiblemente adecuada y fruto de mi carácter y de mi buena disposición fui entablando contacto personal con buena parte de los trabajadores de plantilla con los que, debido al roce diario y a que el trabajo no mataba a nadie, fui intimando en mayor o menor medida.

Tenía yo entonces una novia a casi quinientos kilómetros de distancia con la cual llevaba cuatro años de relación más epistolar que otra cosa pues recuerdo que por entonces la revolución de las nuevas tecnologías era difícilmente intuible, baste con señalar que los escritorios de aquella institución estaban ocupados por las omnipresentes y difuntas Olivetti Lettera 98 que en gloria estén. Ella, mi novia de entonces, decidió aquel año dar un giro a su vida, y por ende a la mía, y asumir unas responsabilidades que a mí me resultaron excesivas y por tanto me mandó a paseo antes de encomendarse a otro santo patrón con el que posteriormente compareció ante la vicaría. Hoy en día realiza diariamente sus funciones en Las Cortes Españolas donde luminosamente ejerce de taquígrafa.

Llegados a esta altura, diré que cometí entonces uno de los mayores errores de mi vida afectiva. Me dio por liarme con una compañera de trabajo. Con el agravante de que por aquel entonces una relación con una casada en vías de separación y además madre joven (veinticuatro años) no estaba precisamente bien visto. Lo cual dio a la relación un aire de clandestinidad que entre idas y venidas y estertores de innecesaria crueldad, meses más tarde, la finiquitaría definitivamente.

El caso es que de los rifirrafes de aquella cruenta ruptura acabó trascendiendo lo que nadie supo mientras el noviazgo duró: es decir, que había existido. Fue comidilla de mesas y corrillos y personalmente tal desastre me dejó más hecho polvo que todas mis anteriores debacles juntas. Había implicado excesivas fuerzas y empeños en sacar a aquella mala pécora de entre la mierda por la que transitaba su vida como para verlo todo hundirse sin padecer el desgarro de cada girón de piel con el que intentaba taponar cada brecha en la carcomida nave de lo que no dejaba de ser un naufragio anunciado.

Lo peor de todo fue el ir y venir del final. Aquel sí pero no, no pero sí, que nos anclaba a la nada sin ninguna esperanza de subsistir.

Ella, viendo como yo que no saldríamos “per se” de aquella patológica espiral de encuentros y desencuentros, me propuso un reto que rompiese tamaña inercia: quería ver si yo era capaz de “conquistar” a alguna de mis compañeras y así en ese empeño, mantener la mente ocupada y poder alejarnos poco a poco hasta dejar apagarse aquel fuego más fatuo ya que otra cosa. Me dio lista verbal de varias candidatas y entre sollozos, bien fueran sinceros o fingidos, me pidió que no lo intentase de inmediato puesto que segura estaba de que los celos la harían actuar de manera contraproducente para el buen fin que se perseguía. Como en realidad a ella le quedaba poco tiempo de trabajar en aquella entidad, procuré retrasarlo todo lo posible, es decir, unos tres meses.

Durante ese tiempo viví en la dejadez del desconcierto y no se puede decir que fuera precisamente la más brillante fase de mi vida.

Apurado el plazo prudencial que nos habíamos autoimpuesto, comencé mi propia encuesta sobre la lista de candidatas. El “casting” empezó por lo fácil, es decir, por donde no había competencia, o sea novios, maridos, pareja,,, llamémoslo hache. Demasiado simple. De hecho, aunque físicamente fuese inexplicable la ausencia de pareja en alguna de las candidatas, en cuanto profundizabas un poco bajo el barniz del carácter de la implicada, llegabas primero a la conclusión de que era lógico que nadie se tomase la molestia de aguantarla y a otra más que concluyente conclusión, o sea, a irte de allí cuanto antes.

Del “casting” en cuestión (aunque entonces no se estilará el anglicismo): cenas, comidas, cines y paseos incluidos fui elaborando mi propia lista de preferencias, todo ello entreverado con algún que otro acceso carnal y la comparecencia placenteramente inesperada de alguna que otra ex.

Elegí la opción más difícil, no por el prurito de la superación personal, sino porque erróneamente supuse que, primero, sería imposible conseguirlo con lo cual ya mi ego se cubría las espaldas, buscando anticipadas disculpas, antes de tirarme al río revuelto y, segundo, porque sospechaba que, de conseguirlo, sería la que menos problemas me daría en la futura vida cotidiana de pareja. Esta estridente equivocación, debo confesar que con el andar del tiempo, resultó tremendamente dolorosa.

Por aquel entonces yo me mantenía estable sin esfuerzo en los ochenta kilos.

En todo esto pensaba el último día de mi comparecencia hospitalaria mientras esperaba que me diesen el alta, tras hacerme la última revisión de peso, pulso y tensión arterial.

Era difícil, incluso para una mente tan aguerrida como la mía, asimilar aquel cúmulo de acontecimientos que en tan corto espacio de tiempo me habían atropellado hasta dar con mis huesos en la habitación de aquel centro sanitario y que, como nada antes, habían provocado tan radical cambio en mi vida.

Sin síntomas previos, exactamente catorce días después de haberme visto obligado por acuerdo judicial a abandonar lo que fuera mi breve domicilio conyugal, hacia las ocho de la tarde del domingo, decidí tomarme un respiro en la dura faena da acondicionar mi nuevo “hogar” con los restos del naufragio que afanosamente había podido recuperar, y sentado en el sofá me dispuse a mirar en el teletexto los resultados de la jornada de la segunda división de la liga española en la cual, tras su último estrepitoso descenso hace ya una década, desgraciadamente milita el equipo de mis desvelos.

Noté un ligero mareo que en un principio achaqué a un momentáneo bajón de tensión tras tanta actividad vespertina. Como la cosa no remitía, me levanté y, recordando lo que mis conocidos toda la vida habían recomendado para casos de mareo repentino, me dirigí al baño con el fin de humedecer mi nuca y mis sienes con agua fría. Recuerdo la imagen de mi mano derecha apoyándose en la entreabierta puerta del baño y ya no hay más memoria en mucho tiempo. De hecho no sé cuánto pasé tirado ensangrentado sobre las frías baldosas del baño después de haberme estampado de bruces contra el duro suelo.

Entre la brumosa confusión de la mente que intenta recuperar la lógica y la coherencia, junté las fuerzas para incorporarme y al hacerlo apoyando mis manos sobre el lavabo me di cuenta de que mi rostro era sólo una mancha sanguinolenta, de que me había fracturado los huesos propios de la nariz y me había partido dos dientes (no contiguos) en diagonal por la mitad, así como ambos labios. Al superior, además, le faltaba un trozo que nunca encontré. Sé que miré al suelo y vi un gran charco de sangre. Me flojeaban las rodillas y el mareo, creo que más ya fruto del golpe, persistía. Tambaleándome me acerqué a la cama de mi habitación, apenas distante seis vacilantes pasos, pero, antes de llegar me abandonaron definitivamente las fuerzas y me precipité encima del lecho de tal manera que partí con mi peso el larguero de la cama y el somier y el colchón quedaron en un desnivel lateral de unos treinta grados, según caí encima allí me quedé agotado dormitando por espacio de unas horas, no era todavía consciente completamente de lo que me estaba ocurriendo, parecía más un mal sueño que la cruda realidad. Fruto de la postura mantenida sobre el colchón inclinado, me vi aquejado de una contractura de espalda por un periodo superior a los cuarenta días.

Cuando fui recobrando el ánimo, lo primero que pensé fue que por suerte me daría tiempo de avisar en el curro de mi ausencia, puesto que trabajaba esa semana en el turno de la tarde y hasta las tres, hora de entrada, tendrían ocasión de buscarme un sustituto, dado que ya era consciente a esa hora de la madrugada (aproximadamente las cuatro), de que no me hallaría en condiciones de realizar mi desempeño laboral en los próximos días. Hubiera sido mucho peor si me hubiese tocado abrir a mí la instalación como habitualmente ocurría cuando entraba a trabajar en el turno de las siete y media de la mañana.

Una vez llegado a esa tranquilizadora conclusión me ocupé en ir a buscar mi teléfono que por desgracia se encontraba distante de mí unos diez metros, cuando intentaba ponerme en pie para acercarme volví a caerme inánime al suelo. Me percaté de que seguía sangrando y que la cama parecía el escenario de una matanza. Sacando fuerzas de algún lugar ignoto, fui arrastrándome los diez metros que me separaban del móvil sito en la mesita del salón y al asirme a él me percaté de que tenía agotada la batería, a esas alturas ya me quedaba poco valor, pero lo poco que me asistía lo emplee en recorrer arrastrándome de vuelta los diez metros que me separaban de la mesita de noche en la cual se encontraba el cargador del celular. No me pareció prudente asustar a nadie a las cinco de la mañana con mi llamada por lo que entonces pensé falsamente que sólo sería una nariz rota, de manera que desgarré de pura rabia, puesto que fuerza ya no me quedaba, parte de la sábana y mal que bien intenté vendarme para evitar el chorro sanguinolento que se apresuraba en abandonarme.

Al poco me asaltó una sed inusual por lo acuciante, la achaqué a la falta de sangre y volví arrastrándome, y pasando por el centro del reguero sanguíneo que había dejado en mi primer viaje de gusano hasta la cocina. En vano intenté alzarme hasta el grifo del fregadero, no pude. La desesperación fue peor que la sed. Puesto que me obcequé con el agua y no vi hasta veinte minutos después la Coca-Cola que a medio tomar había dejado en la comida del día anterior sobre la mesita del salón, en cuanto la luz se hizo en mi cerebro a ese respecto, me apresté a una nueva travesía de reptil y aquella obsesión por llegar me dio la energía suficiente para conseguirlo. Por fin bebí. No era agua, pero en aquel momento hubiera apurado cualquier líquido.

Uno no aprecia la cercanía de lo cotidiano hasta que no se encuentra en una situación límite. Desde entonces en el suelo de mi casa siempre hay una botella de agua.

Momentáneamente saciado, volví agotado reptando a la cama, pero esta vez no pude subir, me quedé dormido en la alfombra que fue el sitio en que me apresté a morir.

Repasé mentalmente lo ocurrido hasta la fecha y me corroía la idea de no poder llegar a hablar con mis sobrinos recientemente nacidos y que ello implicase no dejarles memoria de mis pasos en la tierra, pero bueno… no me quedaba sino aceptar mi destino y tentado estuve de poner mis últimas voluntades por escrito, dejarles a modo de testamento mis menguados bienes a unos y a otros, pero desistí, sabía que mi pulso no aguantaría ni para emborronar un papel con cuatro ilegibles garabatos. Además mis deudos son buena gente y bien avenida y mi herencia no daba para rencores eternos. Como buen ateo, no encomendé mi alma ni a Dios ni al diablo y, mientras ante mí pasaban raudos los acontecimientos notables de mi vida, me vino a la mente la idea de que tampoco era un mal final. Había maneras peores de acabar, no había dolor, simplemente agotamiento extremo, costaba respirar, pero sabía que no duraría mucho, ya poco importaba. Lo último que recuerdo fue que no dejaba de ser paradójico que el motivo confeso más urgente que mi ex me había dado para divorciarse de mí, fue su certeza inquebrantable de que yo tenía una novia con la cual, tres meses y medio después de mi propia boda, yo me iba a liar. Incluso me dio su nombre, en la muestra más notable de insulto a la razón de cuantas mi cabeza puede recordar. No hubiera estado nada mal en aquel trance que mi ex hubiese tenido, aunque fuera un poquito, mínimo, (ínfimo) de razón al respecto para no tener que morirme solo y abandonado por todos como un perro apestado. Creo que al pensar en esa paradoja esbocé una mueca parecida a una sonrisa desdentada tras mis labios partidos y entonces fue cuando morí.

Por mucho que uno hubiese leído sobre el tema y aunque la explicación científica admita que el efecto se debe a la falta de riego sanguíneo en el cerebro (cosa que en mi caso de continua hemorragia era más que evidente), el más firme y corajudo carácter no puede menos que angustiarse ante un tránsito así. Primero tuve la sensación de verme desde el techo de la habitación (parecía un matadero), contemplé después la cama ladeada y rota en su costado, la almohada ensangrentada, el desorden natural de las cosas sin desempacar del todo aún tras la mudanza, y luego me vi a mí mismo tendido inmóvil sobre la alfombra, ahí me di cuenta de que tenía el rostro cubierto en su mayor parte por una costra de sangre que me hacía apenas reconocible.

Casi de inmediato sentí como si me aspirasen hacia atrás y aparecí en el inevitable túnel oscuro del que tantas veces había oído hablar en casos similares, ahí fue, pese a las muchas referencias que sobre el particular tenía donde mi ánimo empezó a flaquear. No duró mucho (relativamente hablando, puesto que el tiempo no parecía tener sentido) pero sí lo suficiente como para darme cuenta que no sólo era oscuro sino que (y esto para mí era novedad) además parecía húmedo. Recordándolo más tarde llegué a pensar que pudiera tener algo que ver con el haber visto tanta sangre o tal vez con la obsesión por beber que tanto me había martirizado durante parte de la madrugada. El caso es que sí, efectivamente, había una luz al final del túnel.

Lo que pude apreciar es que era cegadora y llegué a penetrar un poco en ella. No percibí nada que trascendiese tras aquella luz. De hecho tampoco me atreví demasiado a mirar, aunque a esas alturas ya estaba bastante más tranquilo. Y de repente y sin saber cómo ni de dónde surgió de improviso la sorpresa.

Por suerte, no es que tenga muchos conocidos en el Más Allá, repito que soy ateo y no concibo ninguna vida más allá de la propia material de cada uno. Pero aquello sí que no me lo esperaba.

En figura humana y con su seriedad habitual de entre la luz surgió la figura del progenitor de mi ex.

Apenas repuesto del, no puedo decir susto, porque no lo fue, digamos inesperado encuentro; intenté explicarle atropelladamente todo lo ocurrido y hacerle ver mi inocencia, me tranquilizó y me dijo que no hacía falta que me esforzase, que estaba al corriente de todo. Eso me serenó más si cabe y se lo hice saber. Me contó algunos trances que él había tenido que afrontar en vida y que yo desconocía y me dijo que tenía que volver, que todavía tenía mucho por hacer. Yo le respondí que no me sentía con las fuerzas necesarias que ya lo había perdido todo y lo peor era que ya todo me daba igual. Entonces me dijo que mi destino no era negociable, debía volver. Me dijo que estuviera tranquilo, que no me precipitase, que como había tenido ocasión de comprobar el tiempo es relativo. Al notarme reticente me dijo que me iba a contar tres cosas, pero me quedé traspuesto cuando vi que no eran cosas de nuestro pasado, sino cosas del futuro. En concreto, una ocurriría en meses, otra en años y otra en lustros siempre de acuerdo con nuestras coordenadas temporales. Me quedé tan sorprendido que añadió que me calmase, que no tendría que esperar mucho para ver como todo iba encajando. Me despedí de él agradeciéndole todas las atenciones. Sonrió un poco y se desvaneció. Inmediatamente inicié el camino de vuelta pero cien veces acelerado o esa impresión me dio.

Cuando desperté en la alfombra eran las ocho de la mañana, apenas goteaba de mi nariz algo de sangre, tres o cuatro gotas por minuto, supuse que se debería a que ya me quedaba poca y la costra frenaba el libre manar de tan esencial fluido. Lo primero que conscientemente pensé fue que tenía la absoluta certeza de que no iba a morirme.

Tuve la suerte relativa de que aún no había estrenado el cubo de la basura que había comprado la víspera y lo tenía atravesado en el pasillo, con lo poco que me quedaba de energía y el mucho valor que le eché pude inclinarlo y mear dentro. Salvo la Coca-Cola caliente y perezosa, no había ingerido absolutamente nada en las últimas 20 horas.

Recogí el móvil ya pletórico de batería y esperé una hora más allí tirado para llamar a mis jefes y comentarles mi accidente doméstico. Su único interés estribaba en saber cuánto tiempo iba a estar en esa situación de baja laboral (por primera vez en mi vida), a mí aquello me preocupaba muy poco, les dije que unos días, que creía tener rota la nariz que me iba al ambulatorio y ya vería.

En cuanto colgué les eché cuatro pestes y de inmediato llamé a casa de mis progenitores. Les conté lo que me pasaba quitándole todo el hierro que pude al asunto para que no se preocupasen más de lo que yo sabía que iban a preocuparse y, dado que les había dejado una llave de mi casa por si algún día yo perdía la mía, les pedí que viniesen a llevarme al ambulatorio, que era al sitio al que yo creía debía ir por la cuestión de la nariz, labios y dientes que a esas alturas del partido constituían mi mayor preocupación.

Si mis padres no hubiesen dispuesto de llaves de mi casa no sé como hubiésemos abierto la puerta. Yo, tirado en la alfombra, era incapaz ya no de alzarme hasta la cerradura, sino de ni siquiera moverme. De hecho cuando tres cuartos de hora más tarde aparecieron acompañados de un vecino, convencidos de que simplemente tenía mareos y un leve desmayo, se asustaron de tal modo al ver como estaba la casa que lo primero que tuve que hacer fue tranquilizarles y decir que lo peor ya había pasado, que ya empezaba a estar bien.

Me incorporaron y me sentaron en una silla. Sentía un fuerte dolor en la contractura de la espalda, fruto de la forzada postura y tenia magulladuras y dolor en las costillas de tanto arrastrarme sobre ellas cargando con mi propio peso. Me cambié de chándal pues aquel estaba tan mal que hubo que acabar quemándolo y mi madre (buenas son las madres) se empeñó en adecentarme el rostro y quitarme la costra sanguinolenta que me cubría la cara. A medida que alejaba de mí la toalla con que realizo tal labor, iba yo comparando el paño con los sudarios que en algunas pinturas clásicas se pueden apreciar en referencia al nazareno.

Allí sentado, mientras llamaban a una ambulancia, pude percatarme de la magnitud del hecho, aquello parecía un ajuste de cuentas entre bandas rivales. Una carnicería con algún toque más humano como por ejemplo las muestras rupestres de mis manos ensangrentadas hollando la pared bien fuera para apoyarme en un principio, bien fuera intentando llegar a apagar o encender la luz.

No admitieron discusión y nada quisieron saber de ambulatorios. Llegada la ambulancia, intentaron llevarme en una camilla, pero a eso me negué rotundamente y alegué que para bajarme del quinto pino en ascensor era más practica la silla de ruedas, y así me llevaron a urgencias hospitalarias. Una enfermera muy amable, divorciada como yo, aunque no tan recientemente, me fue tomando datos y me dejó en un pispás en manos de la médica de urgencias.

Lo primero que hizo fue preguntarme que qué me había ocurrido para llegar con aquella cara. Me preguntó que si era accidente de tráfico. Le conté por alto lo que antecede y le comenté que yo lo achacaba a un bajón de tensión. Un mes después de mi boda acudí acompañado de mi flamante esposa a la consulta de mi galeno debido a una dermatitis pertinaz que después quedó en nada y parecía tener su origen, como más tarde supe en el mal que me aquejaba y que, en ese momento yo desconocía. El buen señor, como carecía de datos médicos míos me hizo la anamnesis y empezó por tomarme la tensión arterial. Asombrado de los resultados después de un brazo lo intentó en el otro con parecido balance: 18 de máxima y 12 de mínima.

Siguiendo sus consejos respecto a consumo de sales, líquidos, etc. Conseguí bajarla a 15 y 10, aún así estaba alta cuando me agarró el tren del divorcio tras cien días de matrimonio.

Cuando ingresé en Urgencias tenía 10 de alta y 6 de mínima como parámetros de tensión arterial.

Ahí creí yo encontrar el motivo de mis mareos, esperaba que me remendasen un poco los labios y la nariz y me echasen para casa, con alguna medicación eso sí, para prever los mareos, y un par de días más tarde acudiría a mi dentista a recomponer los piños. O eso pensaba yo.

Estuve aparcado en boxes tres horas, me hicieron alguna extracción, me dieron un par de pastillas y dejaron pasar uno por uno a mis familiares que como siempre estuvieron por encima de lo requerido. A las tres horas aparece la doctora y me informa de que tengo una anemia de caballo. Yo la miré incrédulo y le advertí de que, seguramente, con el jaleo de las idas y venidas propias del servicio urgente, se había equivocado de paciente. Me confirmó que no tenía dudas, que además no era reciente esa anemia y que apenas me quedaba hierro. Le informé de que podía deberse a que había perdido mucha sangre y me dijo que lo sabía, pero que era mucha casualidad que todo el hierro que me faltaba se hubiese ido en esa sangre. Me contó que me iban a subir a planta y hacerme una transfusión, pero que antes me harían una gastroscopia para ver el origen pues sospechaba que tendría ulcera. Yo le respondí que eso era descartable al cien por cien, que yo sabía que la ulcera duele y produce acidez de estomago y a mí eso no me pasaba. Pareció extrañarse y añadió que así lo descartaríamos definitivamente. Me fue explicando por alto en qué consistía la prueba. Fue un tanto “light” al describírmelo.

La gastroscopia consiste en meterte una manguera por la boca hasta el estomago y por dentro de ella una cámara y un tubo de aire para soplar y apartar las membranas. Las arcadas producidas son de tal calibre que a pesar de que me sujetaban cuatro enfermeras, casi me levanto y me voy con el tubo a cuestas. Si no llega a ser por que no me tenía en pie me largo.

Duró 15 minutos pero para mí fueron 3 horas. No tenía ulcera. Lo que se me vino a la cabeza era que se les iba a caer el pelo por equivocarse de paciente, les iba a poner una denuncia que iba a poder vivir de rentas el resto de mis días.

La doctora, inasequible al desaliento, afirmó su equivocación pero en vez de conformarse con eso, añadió que iba seguir con la cámara hasta el duodeno. Espero que su familia perdone los malos pensamientos que sobre ella allí me asaltaron.

A los dos minutos de reanudar la exploración, allí en un recodo, como disimulando, apareció en el monitor el pólipo cabrón que anónima y cobardemente me estaba matando. Nunca había notado nada.

Preocupado por lo visto pero aliviado por la finalización de la prueba me subieron a planta mientras la médica me indicaba que no podía dejar de admirarse de que mi mecanismo hubiese aguantado el tiempo que ella suponía que aquello ocurría (unos dos años) sin desmoronarse, me preguntaba que si no había notado que me agotaba mucho, que si no notaba somnolencia, yo le decía que lo achacaba a la edad y a la pereza propia de quien ya no tiene veinte años, que si había perdido peso recientemente insistía en preguntarme, le contesté que sí, unos ocho kilos, pero que lo había achacado a los disgustos de un divorcio cruel al que me acababa de enfrentar. Ella concluyó que mientras me alimentaba y no hacía mucho gasto energético a través de ejercicio continuo, la anemia estaba latente, es decir se mantenía en parámetros asumibles, pero al haber un descenso sustancial de ingesta alimentaria me había desbordado y había acabado con mis reservas de hierro, y por tanto con mis defensas.

Me indicó que había tenido suerte, se había hecho patente y no progresaría más, iban a operarme y no dejaría secuelas. Podría haberme muerto, según sus palabras. En aquel momento no quise responderle, porque francamente no me acordaba, que ya lo había hecho.

Estuve a punto de pedirle un certificado de que lo que mi ex suponía desgana, no era otra cosa más que anemia, pero a esa altura del partido la broma era ya irrelevante.

En ese momento yo pensaba más en el pólipo (más o menos del tamaño de un garbanzo) que en la anemia, desconocía yo que la anemia es un enemigo temible como poco después tuve ocasión de comprobar.

Nada más llegar a planta una enfermera muy amable que me llamó por mi nombre de pila sin leerlo en los papeles me informó de horarios de comidas, visitas y demás y me dijo que me veía raro. Hasta ese momento no caí en que la conocía de ir con su hijo dos veces por semana a mi centro de trabajo. No era la única, en el turno de la mañana había otra. Siempre acompaña tener conocidos en un sitio así. Hay que tener amigos hasta en el infierno.

Durante varios días estuve en aquella cama como el Cristo de Velázquez. Con un gotero de sangre en un brazo y otro de suero en el otro. Ocho bolsas de sangre me transfirieron. Una notable cantidad, que mi organismo tardó en integrar y que, semanas más tarde, notaba yo que no era propia puesto que mi cerebro iba más lento de lo habitual, hasta que mi propia producción restableció la situación a sus parámetros acostumbrados.

Lo peor de la postura era no poder ponerte de lado o girar, a eso acompañamos el dolor de costillas y de espalda, más el sabor a goma que te queda en la garganta durante un par de días y nos haremos una idea de lo que me apetecía pasar por aquel trance. Pero había decidido no morirme todavía.

La primera noche dormí alguna hora por puro agotamiento, mi padre se empeñó en quedarse conmigo y pasó la velada sentado en una butaca al lado de mi cama.

La segunda noche no quise a nadie. Mi compañero de habitación se ocupaba de llamar a la enfermera para cambiarme los goteros. Decía que le habían dicho que yo había estado muy grave, pero que reaccionaba bien y que lo importante era mantener la moral alta, que pensara en la familia en volver a hacer vida normal. No sé si aquello me consolaba demasiado.

El tercer día ya daba paseos cortos, puesto que los primeros únicamente podía ir a mear, pero siempre en compañía de los goteros que no dejan de ser engorrosos. Esos paseos me ayudaron a descansar la espalda y la cabeza. El cuarto día me quitaron los goteros y sólo me los ponían de noche. El quinto día no hubo goteros sólo radiografías para operarme el séptimo día.

Uno se da cuenta de lo mucho que les debe a los amigos cuando empieza el desfile y casi te tienen que reservar una planta para ti solo. Mi familia venía a diario. Pero gente con la que no contaba ni de lejos aparecían y pasabas la tarde de palique tan ricamente. Los vecinos de mis padres, amigos antiguos y recientes, la esposa de mi padrino de boda, familiares políticos que no se creyeron la versión oficial para que yo dejase de ser familia, compañeros de estudios desde sus ocupaciones y responsabilidades en otras provincias, compañeros de trabajo que comparecen en turnos y… Ella. Si Ella, que no faltó ni un día, y que mientras duró mi convalecencia estuvo tan pendiente de mí como mi misma madre y no dejo de verme ni una sola jornada, ni de llamarme ni de animarme. No sé como hubiese podido aguantar sin Ella.

Ella, no era mi ex. Lógicamente. Mi ex, siguiendo la tónica habitual, digamos que no compareció, seguramente porque no se enteró, no la culpo. Andaba por aquellos días ocupada en asentar su nueva relación.

La Ella a la que me refiero fue la acusada injusta e infundadamente de ser la culpable de que yo fuese a romper mi matrimonio (celebrado apenas tres meses y medio atrás) para liarme con Ella (con lo fácil que hubiese resultado de ser cierta la ignominia aprovechar que me casaba para hacerlo definitivamente con Ella). Ella, Ella, Ella… en fin se convirtió en una obsesión para mi ex, hasta el punto de que cuando ya se veía que la cosa amenazaba definitivamente ruptura, Ella pidió permiso y se desplazó en su moto hasta la villa costera en donde yo residía con el fin de aclararle a mi ex la situación exacta de las cosas. Casi se mete en un lío. Me costó mucho persuadirla de que no apareciese por mi calle, de hecho cuando me llamó para ponerme en antecedentes ya estaba a cien metros. Me fui a tomar un café con Ella y medio se enfadó porque no la deje acercarse a mi ex. Le comenté que aquello no aportaba nada, mi ex no sólo no la creería sino que pensaría que podía ser idea mía y no haría sino empeorar aún más las cosas. Anteriormente se había ganado mi respeto, personal, profesional y mi amistad sincera, aquella noche viéndola partir sola en su moto en la fría oscuridad de octubre no sólo se gano mi admiración sino mi entera gratitud.

La única lástima que hoy siento sobre el particular es que mi ex no hubiese acertado.

Pero yo seguía inútilmente enamorado de mi ex.

La víspera de mi operación, me llega el cirujano jefe y me indica que la duración será de cuarenta y cinco minutos y el postoperatorio de una semana. No llegue a estar nervioso puesto que lo veía como un mal necesario. Aparte que ya nada iba a ser peor que la noche agónica pasada en mi domicilio tras estamparme contra el suelo.

A media tarde me avisan de que no me operan, van a intentar quitarme el pólipo de marras mediante otra gastroscopia. Por un lado me alegré pero por otro la impresión recibida en la primera prueba no me reconfortaba en absoluto.

Llegó el día y me fui pal ruedo con más valor que vergüenza y con ganas de ajustarle las cuentas a aquel infame.

La misma doctora que la primera vez. Me pregunta que si me acuerdo de ella y le respondo que no olvidaría su careto ni aunque lo viese en un bar a las cuatro de la mañana, reinando la oscuridad y borracho perdido.

Esta vez me sujetaron seis personas. Preferí no mirar el monitor puesto que sospechaba que así se me haría demasiado largo y miré por los posters de lugares paradisiacos que colgaban de la pared. Reconocí Capri.

Atacar el objetivo fue más rápido, dado que ya sabían dónde estaba. Esta vez además de la cámara introdujeron en la manguera un bisturí laser con el que seccionaron el pólipo y cauterizaron la zona anexa para que no sangrase ni se reprodujese la mala bestia. Todo muy profesional. En dos minutos estaba hecho. La pena fue que lo extravió en mi estomago al retirarlo y por tres veces intentó capturarlo hasta que lo pescó y lo sacó a un vaso de plástico. Me lo enseñó diciéndome: “he ahí al asesino”.

Subí a planta en mi silla de ruedas con el pulgar hacia arriba entre las sonrisas de las enfermeras con las que me iba cruzando. Pensé que sería cuestión de horas abandonar aquel antro donde la comida sabía a plástico y no me daban más que sopas y purés sin sal, y eso sólo desde hacía un par de días, que antes ni me apetecía, efecto del suero, supongo.

Pero aquella tarde empezó a subirme la fiebre y a notar el estomago revuelto, fruto de la intromisión de tanta manguera, tuve una infección de garganta y me quedó un sabor a neumático durante una semana y después, probase lo que probase y durante casi un mes, parecía que hubiesen multiplicado por cien el sabor de las cosas. Y eso no es siempre agradable.

Me trataron con antibióticos. Dos días más tarde me avisaron de que en un par de días estaría en la calle.

Ochenta kilos. Cuando me vestí, casi no pude alzarme de la silla de lo que pesaban las llaves y demás utensilios que llevaba en los bolsillos de mi pantalón.

El coche estaba a cien metros, pero tuve que parar tres veces antes de llegar, no podía con mis zapatos. Lejos de venirme abajo, quise irme a mi casa, pero mi familia se negó. Me dijeron que le habían dado una vuelta quitándole la sangre del suelo, pero que aún quedaba mucha en las paredes, los lados del lavabo, la ropa, etc. Que me fuese a casa de mi madre unos días y que ya tendría tiempo de regresar a mi nuevo “hogar”. Eso me salvó.

El médico me dijo que fuese todas las semanas a pesarme al ambulatorio, que me mirase la tensión arterial y que comiese y durmiese solamente, que no estaba en condiciones de afrontar excesos.

Fue exactamente lo que hice, salvo que al tercer día de estar en casa tome el coche y en compañía de mi padre fui a ver a mi dentista que se impresionó al verme de aquellas trazas, tan escuálido, magullado y dolorido. No obstante se empleó a fondo, estuve allí media mañana y media tarde, realizó un gran trabajo y al final en vez de cobrarme los doscientos euros que me tenía que haber cobrado, entendió que había una parte de obra de caridad suya para con aquel cadáver andante y me cobró “sólo” ciento cincuenta.

El resto de aquellos días, por prescripción facultativa, sólo dormía y comía. No dejaba de ser una bendición poder hartarme de cualquier cosa sin miedo a engordar o a la sal o a lo que fuese. Me acostumbré a unos entrantes, tres platos, dos postres… En fin.

Así cogía tres kilos por semana.

Pero había un problema. Llegué a un acuerdo con la enfermera que me controlaba semanalmente mediante el cual yo me comprometía a llegar a los ochenta y ocho y mantenerme y no pasar un gramo. La cosa iba bien pero, cuando llegué a los ochenta y seis, en una analítica rutinaria apreciamos que el hierro no subía, por tanto mis defensas seguían bajo mínimos.

Me recetaron complementos de hierro y a pesar de seguir puntualmente las indicaciones facultativas subía muy lentamente. De hecho mi médica intentó atemorizarme diciéndome que era una cosa muy seria, que había estado muy grave e incluso podía haberme muerto (ella no sabía que ya lo había hecho, yo era un cadáver que se negaba a permanecer en ultratumba). Me cambió la medicación por otra más potente y poco a poco empecé a reaccionar. Posteriormente me reconoció que seguramente tardé tanto en responder debido a un déficit crónico acarreado de los dos años anteriores.

Eso me sonaba, parece que desde el trienio anterior los síntomas que hubieran podido interpretarse como pereza o somnolencia (de hecho nunca me había ocurrido con anterioridad, pero en los dos meses anteriores en medio del barullo del trabajo me había sorprendido a mí mismo echando una minicabezadita. Yo lo achacaba al marasmo del divorcio o simplemente a que me estaba haciendo viejo) en realidad eran reflejos de mi anemia.

Tras la tercera semana volví a mi casa y casi fue un error, porque sin la diaria obligación del trabajo, veinticuatro horas son muchas horas para pasarlas en soledad. Sobre todo cuando las pasas mirando una pared.

Así fue que cuando me encontré medianamente fuerte corrí a mi facultativa a solicitarle el alta médica. Me la negó sistemáticamente, alegando que no estaba en los parámetros y que ella no asumía el riesgo de que me desvaneciese en el trabajo con resultado letal. De hecho tuve que esperar a que se fuese de vacaciones para engañar a la suplente y que me diese el alta cinco meses y medio después de mi ingreso hospitalario.

Como en casa aguantaba mal. Me dediqué a viajar, por suerte también vino buen tiempo y pude ir a alguna playa recóndita a dónde otrora acudiera con mi ex. Allí descubrí que no me agobiaba la soledad. No, eso lo tenía superado. Me agobiaban los sesenta y seis metros cuadrados tan vacios. Por suerte mis colegas me regalaron una tele gansa y una mesa donde ponerla y otros una bicicleta de spinning y otros… y así fui llenando aquel vacío. La soledad de la playa del municipio costero de mi ex no me suponía ningún agobio. Me lo supuso, tener que dejar de pasear por el muelle para así poder evitarla porque no sabía cómo podríamos reaccionar tanto ella como yo en una situación así. Yo, por mi parte, lo fui teniendo claro prontito, pero como ella con sus ex practica la ignorancia, no sabía muy bien cómo reaccionar.

El fulano que la rondaba hasta meterse en mi pijama de antaño no me preocupaba en absoluto.

La vida a veces es una cachonda.

Durante los largos días de mi convalecencia uno de mis antiguos vecinos de infancia me preguntó que si mi mujer, bueno,,, mi ex mujer –corrigió- tenía novio. Yo le respondí irreflexiva y prontamente que sí, pero no sabía muy bien por qué le decía eso, incluso me sorprendío de inmediato haber contestado tal cosa. Más adelante, andando el tiempo, recordé un par de detalles que, aparentemente, motivaron mi respuesta.

Mi vecino, entonces, entendió que tenía libertad para hablar y me contó que la había visto ese fin de semana en la capital del municipio en donde él y yo residiamos de solteros, acompañada por un tipo calvo y pequeño del cual me dio el nombre y algún detalle. También era casualidad que de los setenta y ocho municipios que componen mi comunidad autónoma, fuera ella a preferir uno del que yo fuera originario, en concreto que él hubiese residido media vida a tres kilómetros de mi domicilio paterno, y a doce metros del hogar de mi compañera de carrera con la que compartí cinco años de pupitre en la facultad y asiento en el autobús amén de vinos y cafés sin número acompañados de confianzas y confidencias y con la cual aún conservo una fluida relación. Ella es precisamente psicóloga en la institución en donde mi ex trabaja como funcionaria. Pero no es esta la única casualidad que cierra esta “symploké” platónica, que incide en la idea de que no todo está relacionado con todo.

El bueno de mi alopécico y menudo paisano comparte (al menos desde que volvió de Francia) oficio con mi progenitor, de tal suerte que el último compañero laboral de mi padre y a su vez compañero de pupitre escolar de uno de mis hermanos, era en ese preciso momento compañero de trabajo del novio de mi ex.

Por si fuese poco, antiguos vecinos míos trabajan en el mismo centro. Y poco a poco (en un cortísimo espacio de tiempo) fui con los aportes espontáneos de unos y otros confeccionando un curriculum del interfecto en el que a día de hoy no falta ni el número de su cuenta bancaria.

Debo decir que a medida que añadía conocimientos y datos contrastados a su ficha, iba poco a poco invadiendome el buen humor y una peculiar alegría, y no precisamente por mi ex, que tiene, desde luego, derecho a rehacer su vida y a equivocarse las veces que le venga en gana, sino por mí mismo. El listón iba durante mucho tiempo (pese a la anemia final) a seguir muy alto.

Sus compañeros de oficio hablan maravillas de su capacidad de enloquecimiento y abstacción. Y sólo hay que echarle un vistazo encima a sus compadres de juerga para concluir a qué tipo de espécimen nos enfrentamos.

Los dos detalles que motivaron mi respuesta afirmativa a la pregunta que sobre el novio de mi ex formulara mi amigo, presentan una notable diferencia en el tiempo. El primero ocurrió cuando yo empezaba mi relación con mi ex hace ya catorce largos años. Ella tenía un novio al que dio puerta casi sin anunciárselo, su padre viendo lo mal que lo estaba pasando el chaval por aquel repentino abandono le pidió a su hija, con la prudencia que da la experiencia, que procurásemos no aparecer por el pueblo, no fuera ser que se sintiera más herido aún si cabe. Su hija me lo comunicó tal cual y yo acepté pero lo hicimos a nuestra manera, yo no la iba a buscar a su casa, pasaba por delante, daba un par de toques de claxon, y volvía a pasar en dirección contraria repitiendo la operación. Ella, ya lista, salía de casa y nos encontrábamos en el sitio previamente convenido. Vuelvo a recordar que los teléfonos móviles aun estaban lejos de su actual implantación.

De los móviles volveremos a hablar más adelante.

Y de las agendas también.

Pues bien, poco antes de verme obligado a abandonar el hogar conyugal, viví aquella misma situación de los pitidos, pero desde el otro lado de la barrera. Apunté el detalle en mi agenda por si fuera menester recordarlo.

El día de mi azarosa partida de tal domicilio (lo cual comentaré detallada y generosamente más adelante) tuve la certeza, a través del timbre de voz de las escasas frases que pude escucharle a mi ex, de que tal cuestión estaba más que encarrilada, hasta el punto de comentarlo con alguno de los presentes

Más adelante recordé, llegado el caso, hasta entonces no, que en la conversación que tras las tinieblas mantuvimos dos difuntos, la noche de mi muerte, dimos tácitamente por sentado sin demasiados aspavientos que tal noviazgo existía.

El motivo por el cual yo no recordaba la conversación tras el túnel fue que hasta que ocurrió el primero de los tres hechos futuros que entonces me fueron revelados no le di más importancia que el que se da a la materia con la que están hechos los sueños. Pero justo el día en que cumplía un año de mi ingreso hospitalario recibí primero en forma de extraña sensación rayana en premonición o mal presentimiento, confirmada muy poco posteriormente, la fúnebre noticia del fallecimiento de uno de los seres más humanos con los que haya convivido en la villa costera en la que me casé. Uno de los más humanos, aunque en esencia no lo fuera.

Precisamente entonces recordé que yo ya lo sabía, de ahí mi desasosiego inicial y también rememoré la revelación de las otras dos predicciones, por suerte no todas tan luctuosas.

lunes 19 de noviembre de 2007

Desconocimiento


Señora mía:


No puedo por menos de asombrarme de su afirmación acerca del desconocimiento que de mi persona alega.

Por contra, el autor de la presente, ha dedicado gustosamente gran parte de su tiempo a conocerla a usted en el más amplio y noble de los sentidos que imaginarse pueda.

Cómo olvidar su espontánea sonrisa al recibirme en sus brazos, el acelerado latir de su corazón tan cercano, sus suspiros de alivio al apaciguarle yo sus desvelos, su mano trémula en aquel principio de nuestro viaje, su mano férrea hincarse en mi brazo en los despegues, las noches al claro de manta y coche entre bosques o parkings, la Posada del Mar, la tersa piel encrespada, su cabello oscilante entre formas y colores, su decisión y energía y sus múltiples dudas, los sobresaltos mientras conciliaba el sueño (siempre escaso), las colas del cine, los mojitos, Los Oscos, Cudillero, Taramundi, Verona contigo, Venecia sin ti.

La he contemplado en silencio docenas de veces acurrucada a mi lado mientras dormitaba liviana, después usted abría sus ojos y amanecía el esplendor matutino de su sonrisa. El mundo entonces era un lugar habitable.

Señora, he recorrido cientos de veces todos sus poros entre miles de besos como para haber olvidado insensatamente tan grato periplo.

No esperaba yo ni que fuese tan flaca su memoria ni que tanta vida cayese en olvido.

No obstante, una vez puestas mis cosas en orden, y ya comenzado el próximo año, tendré ocasión de volver a presentarle a usted mis respetos y entregarle algún objeto de su propiedad que reciente e inopinadamente ha aparecido entre mis restos y que he decidido que emprendan su regreso a casa antes que yo.

Usted y yo, en nuestro contiguo, continuo y conjunto devenir, hemos aprendido al menos un par de cosas, la primera que quien suscribe no se rinde ni aún después de muerto y la segunda que el mar siempre puede más que el rompeolas, por muy sólido, firme y recio que este sea.

Sin otro particular que desearle toda suerte de venturas, le saluda atentamente.

A sus pies señora, como siempre y desde siempre.


jueves 25 de octubre de 2007

Oido últimamente.

Lo que últimamente me ha llamado la atención de entre lo poco que escucho esta lo que sigue:

Todo el que quiera seguir con vida, será mejor que se largue

No se os ocurra maltratar a otra puta, porque volveré y os mataré a todos, hijos de perra.

Clint Eastwood, en una de vaqueros.
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Pero voy a decirte algo de ti y de tu amigo Kane: tú tienes mucha planta y mucha espalda pero él es un hombre. Para ser hombre hay que tener algo mas que una espalda ancha.

Tú estás empezando el camino ¿Quieres oír más? No creo que llegues a ninguna parte.

Katy Jurado hablando del hipersexual Gary Cooper en "Solo ante el peligro", gran película en la que nadie da la cara por los demas, salvo él unico que tenia una disculpa para no darla. La vida arroja continuas y repetidas muestras de lo despreciable de la condicion humana.
Como veis. El mundo no evoluciona mucho en los tiempos que corren. Bueno, Sí. Hemos descubierto, por fin, que el tamaño SI importa, teoria sostenida hace mucho tiempo por mí, y no estoy refiriendome con ello al tamaño de los pechos o de los labios menores, sino al de los planetas. Pluton ha descendido a segunda division de la liga planetaria, por canijo. Que vamos a hacer, habra que irse acostumbrando, Unicamente cabe desde aquí desearle suerte y un raudo ascenso, no vaya a ser que le ocurra tal que al Sporting que ya va para un par de lustros que se arrastra por la division de plata, aunque en su caso, no descendiese por problemas de tamaño (fijemonos en los aumentativos que le atañen: Gijón, Molinón, Corazón...) sino deportivos y económicos.
Bueno, en otro momento sigo que estoy robando tiempo de otra parte para estar aquí. Chao y gracias por venir.









Víctimas inocentes

Hacia el final de Mystic River, el personaje que interpreta Sean Penn (Jimmy Markum) asesina a Dave Boyle (Tim Robbins), su amigo de la infancia, creyéndole el asesino de su hija basandose en las infundadas sospechas de la dubitativa esposa de este último.

Simultáneamente, la policía detiene a los auténticos autores de la muerte de la joven y poco después confiesan su acto atroz.

Mystic River

Mientras tanto, el cadáver del inocente Dave poco a poco se disuelve para siempre y ante la aparente indiferencia general, anónimamente en el río.

jueves 4 de octubre de 2007

Por qué algunas chicas aún creen en Santa Claus?

Detenido un hombre que ofrecía un falso trabajo en TV a cambio de relaciones sexuales
Detenido en Murcia un individuo que, haciéndose pasar por ejecutivo de una conocida cadena de televisión, contactaba con jóvenes y les ofrecía trabajo como presentadoras a cambio de mantener relaciones sexuales.


Según informa la Agencia EFE:

El arrestado, Santiago B.M., está acusado de delitos de abusos sexuales y amenazas.
El individuo contactaba con jóvenes que colgaban su currículum en Internet en busca de trabajo como modelos y se hacía pasar por jefe de contratación de una cadena de televisión.
La Brigada de Investigación Tecnológica de la Policía ha recibido, hasta el momento, siete denuncias de chicas que fueron víctimas del ahora arrestado, aunque no se descarta que hubiera contactado con muchas más.
Después de tres meses de investigaciones, los agentes identificaron y detuvieron a Santiago B.M. que en alguna ocasión llegó a amenazar a alguna de sus víctimas si no accedía a mantener relaciones sexuales con él.
La investigación se inició cuando una joven denunció haber sido víctima de un engaño por parte de una persona que le llamó por teléfono identificándose como un conocido periodista y director de contrataciones de una importante cadena de televisión.
Esta persona le ofreció un contrato de trabajo como presentadora en un programa de música de dicho canal, a cambio de recibir de ella favores sexuales.
En un principio, el detenido se hacía pasar por "Sheila" y aseguraba que su trabajo era recoger fotos y currículum de chicas jóvenes, aspirantes a modelos, para supuestamente pasárselos a personas que estuvieran buscando un determinado perfil.
Tras obtener esos datos a través de Internet, Santiago B.M. se citaba con las jóvenes con la excusa de que había recibido sus fotos de la tal "Sheila", haciéndose pasar esta vez por el supuesto periodista y director, aunque en otras ocasiones adoptaba identidades de otras personas del mundo del espectáculo y les ofrecía un falso puesto de trabajo si mantenían relaciones sexuales con él.
La asesoría jurídica de la propia cadena de televisión presentó también una denuncia por daños a su imagen al no existir ninguna persona en su empresa que respondiera a tal nombre ni realizara dichas actividades ilícitas
.
La Policía analizó las páginas web donde ese individuo se había dado de alta con dos cuentas de correo electrónico diferentes para captar fotos y currículum de chicas aspirantes a modelos y constató que actuaba en la zona de Cartagena, donde citaba a las jóvenes en un hotel.
Tras el registro del domicilio del detenido y de su centro de trabajo, los agentes intervinieron su ordenador y el teléfono móvil.

martes 28 de agosto de 2007

Volar

No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!

Ésta fue —y no otra— la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa.

¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!

Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres.

¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. “¡María Luisa! ¡María Luisa!”... y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.

Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.

¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes la de pasarse las noches de un solo vuelo!

Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?

Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.


Oliverio Girondo

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente un reloj, que los cumplas muy felices, y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con ancora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de tí mismo, algo que es tuyo, pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tu eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Julio Cortazar.

Las puertas del campo y el pretérito anterior

Quien nos lo iba a decir. En pleno siglo XXI y todavía hay quien se empeña en recordarnos el postfranquismo inferior y la pseudotransición posterior.

Vuelven los secuestros de prensa. Motivo: La "defensa" de la sacrosanta monarquía de los borbones. Parece ser que una viñeta, aunque sea caricaturesca y en portada, atenta contra sabe Dios qué. Se habla de injurias y un sin número de sandeces más.

Di tú que a los secuestrados ya no les pilla de sorpresa, les ha ocurrido en el pasado. Lo sorprendente quizás sea que tal hecho se produzca a estas alturas porque nosotros, los de entonces ya no somos los mismos (o quizás sí?).

Recuerdo que hace años en una serie de televisión que transcurria durante la monarquia del bisabuelo del uno de los personajes caricaturizados en la portada secuestrada de "El Jueves" ("La forja de un rebelde") un personaje pronunciaba la siguiente frase:

- Con lo que a este país le hace falta una república y lo que tarda en llegar...

Cuanta vigencia, eh?

Aquí os dejo alguno de los enlaces donde se comenta la noticia, tanto en prensa formal como en blogs de diversa indole.

Y por supuesto, no puedo resistirme a colocar aquí la viñeta censurada y su sucesora, una versión aparentemente más light.



Venga, "Liberté, Égalité et Fraternité" abajo la censura y a ver si no tardamos mucho en tener un país normal. Y que todos lo veamos. Salud.

Tres en un burro o La María y la Benemerita

Tres amigos urbanitas decidieron convertirse en campesinos e irse a vivir del producto de su esfuerzo a un pueblo pirenaico.


Entre otras actividades más propias de su oficio, mantenían una pequeña plantación de marihuana, se supone que para consumo propio.


Al hallarse ellos tres afanados en la recolección y secado de la hoja de dicha planta, se les despistó la custodia de un burro del que a la sazón disponían para ayudarse en el transporte del producto que con tanto mimo estaban tratando. Ocurrió por desgracia que el bueno del burro no tuvo mejor empeño que, en momentanea ausencia de sus circunstanciales dueños, ingerir de forma desatinada algo más de un par de kilos del verde montón que esperaba el secado previo al consumo humano. Cuando sus descorazonados amos descubrieron lo inevitable le alejaron del objeto de su codicia (del de ambas partes) entre insultos, amenazas y lamentos.


Una vez concluida la faena propiamente agricola, acompañados del burro, los tres amigos tomaron rumbo al pueblo con la mala fortuna de que la errática conducta del animal hizo sospechar a una pareja de la Guardia Civil, que el destino les quiso cruzar en su camino, que el animal pudiera acaso estar aquejado de alguna rara enfermedad de esas que ahora les da por afectar a las vacas o a los pollos que se sepa.





Los miembros de la Benemerita, diligentes, solicitaron la intervención inmediata de un veterinario que corroborase su teoría, el cual no menos diligentemente detectó un exceso de tetrahidrocannabinol en sangre que motivó las pertinentes y oportunas diligencias judiciales, que, a su vez, derivaron en la subsiguiente multa de 1.200 (mil doscientos) euros por maltrato al asno y que lleva aparejada una pena anexa de alejamiento del animal por parte de sus atónitos y atribulados dueños.


Este es un caso actual y verídico, y cosas como esta ocurren todos los días.

No digo diferente, digo raro.

Trasteando por la red me he encontrado con tipos auténticamente raros. Da la impresión de que sus vidas en ningún momento hayan sido vanas o aburridas, no quiero decir con ello que hayan sido felices, puede que todo lo contrario, lo que si digo es que, lamentablemente, están muertos.

Eso sí, no se puede afirmar que no se hayan sentido verdaderamente libres. Como decía Mel Gibson interpretendo a William Wallace en Braveheart:

"Luchad y puede que muráis. Huid y viviréis, un tiempo al menos, pero cuando reposéis en vuestro lecho de muerte, dentro de muchos años, ¿no cambiaríais todos los días desde hoy hasta entonces por una oportunidad, tan sólo una oportunidad de venir aquí y matar a vuestros enemigos? Podrán quitarnos la vida, pero jamás nos quitarán la LIBERTAD.

¡Alba qu bra!*"

* Escocia por siempre, (gaélico escocés).

Pues bien ahí va una pequeña relación de estos tipos raros y su porqué:

- Gonzalo Guerrero: fue el padre del mestizaje mexicano, se dice que nació en el puerto de Palos de la Frontera, Huelva, España. Murió en 1536 luchando contra los conquistadores españoles.

En 1511 tras un naufragio en la costa Maya fue esclavizado por sus captores y gracias a su talento con las armas consiguió alcanzar importantes cargos militares entre sus dueños. Casado con una indígena fue padre de tres hijos y se integró de tal manera en su cultura adoptiva que cuando en 1520 Cortés inicio la conquista de México, enterado de la existencia de prisioneros españoles más al sur, inició la gestión para su rescate, su compañero de cautiverio Fray Gerónimo de Aguilar, primer interprete español-maya, de la historia, consiguió la libertad, pero no pudo convencer a Gonzalo de que le acompañase, haciéndole ver éste que sus tatuajes en la cara y sus orejas agujereadas no le permitían volver con sus compatriotas.


Gonzalo Guerrero murió en combate a campo abierto, peleando contra los conquistadores españoles hacia 1536. Antes que la lealtad a su patria de origen, puso por delante a sus hijos, esposa y al pueblo que le había asumido por completo, al perecer era cacique maya.

- Pedro Navarro y Menaldo Guerra: Corsarios vizcaínos en la Italia del Renacimiento.


- Benito Soto Aboal: Pirata gallego del siglo XIX.







Pero hablando de piratas resulta indispensable encontrarlos en su salsa primordial, en su ambiente prototípico: el Caribe. Y para aquellos que creen que la lucha por la emancipación femenina comenzó hace cuatro días, les recomiendo que se den una vuelta (pinchando sobre sus nombres) por la vida y milagros de cada una de estas dos preciosidades que allá en el ordenado y bienpensante mundo de finales del Siglo XVII y principios del XVIII aterrorizaron a idiotas sin cuento y favorecieron la libertad de pensamiento y el asentamiento del posterior libre albedrío individual.

- Anne Bonny : Rebelde dama irlandesa particularmente bulliciosa.


- Mary Read : Dama inglesa de armas tomar.

Reconforta contemplar como desde que el mundo es mundo, una serie de inconformistas recalcitrantes se han empeñado en romper moldes y ponerlo todo patas arriba.

Loados sean.